Tauromaquia

La Plaza Mayor desde sus orígenes ha estado vinculada con la tauromaquia. Durante el reinado de Carlos I y siendo aún conocida como plaza del Arrabal, en el año 1540, encontramos las primeras referencias a espectáculos taurinos. En época de Felipe III, una vez reformada la Plaza por el arquitecto Gómez de Mora, la primera corrida tuvo lugar el 3 de julio de 1619 durante los actos de inauguración. Para los espectáculos taurinos, los toros eran llevados desde la Casa de Campo a la Plaza Mayor por la cuesta de la Vega a través de la calle Mayor hasta llegar a la Plaza.

Vista de la plaza Mayor en fiesta de toros Entre 1675 y 1680. Museo de Historia

Sería el rey Felipe IV el que dotaría a los eventos taurinos de un carácter cortesano y festivo del que hasta entonces carecían. Pasando a ser uno de las fiestas más populares entre todas las clases sociales. Unas 50.000 personas se congregaban en la Plaza llegando a ocuparse desde la arena hasta los tejados. Los festejos paralizaban la actividad de la ciudad, asistiendo a ellos: nobles, clérigos, funcionarios, diplomáticos, banqueros, mercaderes, artistas, extranjeros, aventureros y toda clase de personajes que poblaban la ciudad. Las corridas realizadas por la mañana estaban destinadas para el pueblo, y por la tarde, para el rey, la nobleza y la alta sociedad.

El Consejo de Castilla era el encargado de la construcción del tendido y del graderío. Los asistentes eran colocados en función de su escala social, siguiendo una rígida distribución jerárquica. La Plaza era engalanada con tapices, paños y cortinas, que le daban un carácter solemne y festivo. En el balcón central de la Casa de la Panadería se situaba el rey y su familia, y en los balcones aledaños la nobleza y las instituciones políticas y religiosas. El resto de balcones de la Plaza Mayor eran ocupados en el orden asignado según lo establecido por el mayordomo mayor de palacio. Los propietarios de los balcones estaban obligados a cederlos para los festejos.

Se creó un ceremonial y protocolo dignos de la monarquía de los Austrias. La llegada a la Plaza de las autoridades seguía un orden estricto. En primer lugar llegaban algunos funcionarios, nobles y diplomáticos en sus carrozas. Tras dar varias vueltas al coso, ocupaban sus lugares para esperar la llegada del rey y su cortejo. La llegada del rey solía suceder hacia las cinco o seis de la tarde, cuando el sol comenzaba a bajar. El rey iba precedido de su guardia, compuesta de un escuadrón de arqueros flamencos y borgoñones, los cuales se quedaba bajo el balcón real con la misión de proteger a la familia real. Además, acompañaban al cortejo real, dos escuadrones de alabarderos que procedían de la guardia española y tudesca. La guardia real se situaba, a la vez, en las puertas de acceso a la plaza y en distintos lugares estratégicos. El orden de entrada del séquito real a la Plaza Mayor era el siguiente: los principales personajes que servían en palacio, grandes de España, meninas y muchachas de honor, pajes, gentilhombres, cocheros y porteros. Por último lo hacían los infantes, y tras ellos la reina y el rey, que podían entrar en diferentes momentos.

Dentro de la parafernalia barroca, las cortesías y galanterías se sucedían en un ambiente musical de tamboriles, trompetas, clarines y oboes. El cortejo real iba descendiendo de sus carruajes para ocupar sus balcones. Posteriormente aparecían en escena los toreros con sus asistentes. El número de asistentes que acompañaban a cada torero, mostraba su estatus social; llegando en algunos casos a superar la centena.

La duración de una corrida cuando asistía el rey variaba entre dos y tres horas, y terminaba cuando él lo señalaba. Se solían celebrar corridas en las festividades de san Juan y santa Ana. Una vez canonizado san Isidro, fue otra fecha importante dentro del calendario taurino.

Toros Boda Isabel II. 1846

Con la muerte del rey Felipe IV, la reina Mariana de Austria prohibió las corridas de toros en la Plaza Mayor como señal de luto. En enero de 1680 se celebraron también corridas de toros para conmemorar la entrada en Madrid de María Luisa de Orleans, primera esposa de Carlos II.

Felipe V, el primer rey Borbón de España redujo drásticamente el número de festejos taurinos en la Plaza Mayor. Este monarca tan sólo permitió tres corridas en los años 1704, 1725 y 1726. La reducción de la tauromaquia en la Plaza, se debió en parte a que Madrid ya contaba con plazas destinadas específicamente a tales eventos. No hubo más toros en la Plaza Mayor hasta 1746, durante el reinado de Fernando VI. En 1759, con la llegada al trono de Carlos III, hubo otros dos festejos más, con motivo de la boda de Carlos IV y con su subida al trono. Durante el siglo XIX, también se celebraron algunas corridas de toros en la Plaza Mayor. Fueron con ocasión de la primera boda de Fernando VII, en 1803, y ya no se volvieron a celebrar más hasta junio de 1833 con motivo de la jura de Isabel II como princesa de Asturias.

Una de las últimas veces que hubo toros en la Plaza Mayor, fue el 18 de octubre de 1846 durante las celebraciones de la doble boda de la reina Isabel II y la de su hermana, María Luisa Fernanda. Poco después, la Plaza fue adoquinada y ajardinada y se colocó en el centro la estatua ecuestre de Felipe III, que hasta entonces estaba en la Casa de Campo. De esta manera quedaría en desuso la tradición de celebrar festejos taurinos en la Plaza Mayor.

Curiosamente la última corrida de toros que se celebraría en la Plaza Mayor fue en junio de 1970, dentro del programa llamado “Las Fiestas Medievales”, organizadas por el Círculo de Bellas Artes de Madrid.