Plaza Mayor en España e Hispanoamérica

Exposición “La plaza en España e Iberoamérica. El escenario de la ciudad”. Museo Municipal de Madrid. 1998.

En España las plazas mayores se crean sobre la ciudad existente. Se insertan en un tejido urbano, generalmente irregular. En la América española las plazas mayores son el origen de la ciudad, lo primero que se traza, lo primero que se crea. Su tamaño y su forma condicionan el tamaño y la forma de la ciudad.

En España las plazas mayores suelen ser rectangulares. La tendencia es que los edificios que las bordean sean iguales o de similares características arquitectónicas, dando unidad al conjunto. En América las plazas mayores suelen ser cuadradas, aunque también las hay de otras formas cuadrangulares. Los edificios que la rodean no suelen ser de características arquitectónicas

En España las plazas mayores suelen ser municipales porque alojan al edificio del Ayuntamiento, además de a otras construcciones privadas. En América las plazas mayores son el símbolo de la ciudad porque allí están los edificios más representativos de la administración central, regional o municipal y de la iglesia.

En España y en América las plazas mayores tienen o han tenido funciones múltiples. En ellas se celebran o se celebraron los mercados, las paradas militares, los ajusticiamientos, las celebraciones religiosas y los grandes acontecimientos públicos.

En España y en América muchas plazas mayores se transforman en el siglo XIX convirtiéndose en áreas ajardinadas o parques públicos. Otras conservan su condición de espacio abierto, vacío, despejado, apenas resaltado con un elemento singular, una fuente, una estatua.

En América hacia 1580 se han fundado la mayor parte de las ciudades de lo que hoy son las grandes capitales nacionales o los centros regionales más significativos. La plaza mayor está presente en todas ellas como la pieza fundamental del conjunto. En España, las plazas mayores, como tales, suelen ser posteriores, aparecen más tardíamente que en América.

 

UN DÍA EN UNA PLAZA MAYOR HISPANOAMERICANA

La camioneta cargada de jaulas apareció en la plaza, pero apenas pudo pasar de la entrada porque allí se agolpaban, empujando para hacerse un hueco, carros, carricoches, carretillas y carromatos de todos los que acudían al mercado. Por lo que Esteban, atrapado en el bullicio, le dijo a Rosa que se quedara allí, cuidando las jaulas y se adentró en la plaza buscando a su compadre, que ya debería, desde temprano, tener preparado su puesto bajo las escaleras de la catedral. Y mientras llegaba hasta sus inmediaciones pudo comprobar el espectáculo multicolor de lonas protegiendo, en improvisados montajes, la multitud de productos que convertían la plaza en un mercado. Los puestos de frutas de una gran variedad, con mangos, papayas y duraznos; con guanábanas, toronjas y tamarindos; con guayabas, pomarrosas y cambures, competían con los de verduras de fruto, de flor o de tallo, yucas, ocumos o ñames, papas, auyamas o chayotas, choclos, vainitas o escalonias. Formaban un extenso campo en el que se desplegaban, también, especias de todas las clases. A su lado telas, tejidos y ropas de mil colores, collares, pulseras, abalorios y quincallas; pequeños muebles y objetos de adorno; cerámicas, vasijas, platos y utensilios domésticos, y un sin fin de comidas que se cocían en rudimentarios fogones desprendiendo un olor acre y dulzón, que algunas mujeres preparaban mientras sus esposos, o sus hermanos o sus hijos esperaban, pacientes o impacientes, detrás de sus tenderetes y bajo los toldos, a poder cerrar tratos con sus compradores que se acercaban a convenirlos. Se relacionaban en un lenguaje entre gritos y murmullos, para vender una camisa, una pieza de tela o un huipil finamente bordado; una piña exuberante, un mamey aromático o un saco de maíz.

Todo era un continuo ir y venir de personas de toda condición buscando, mirando, preguntando, ofreciendo, comprando y vendiendo, formando una masa informe de personas y mercancías desplegadas en toda la extensión de la plaza, que era el mercado, porque el mercado era la plaza.

Una tarde de algunos días anteriores, Esteban, que se había instalado con su esposa y su compadre en la gran fonda a una cuadra de la plaza mayor, en el costado de la catedral, disfrutaba de la tarde bajo el soportal. Saboreaba un sabroso raspado de coco, cuando un hombre canoso, de mirada lejana y maneras educadas, se sentó a su lado dándole compañía e iniciando, casi enseguida, una conversación. Se presentó como un geómetra venido de ultramar y contratado por una nueva sociedad geográfica, para levantar los planos de la plaza mayor. Lo estaba haciendo también con otras plazas de los antiguos virreinatos, en un recorrido que le había llevado primero a La Habana, la perla del Caribe, y más tarde a muchas otras ciudades americanas, como la de Santiago de los Caballeros de Guatemala, bajo la sombra amenazante de los volcanes de Agua y de Fuego, o la de San Francisco de Quito, en la altiplanicie andina, o la de Granada de Nicaragua en las orillas del gran lago Cocibolca. Estas explicaciones, Esteban, sumergido en una charla en la que le hablaban de medidas, dimensiones y proporciones, no llegaba a entenderlas muy bien.

El geómetra, que respondía al nombre de Leandro de Guzmán, continuó para decirle, con una verborrea incontenible, que en toda América la plaza mayor tenía similares características, que cada ciudad fundada por los españoles se había construido partiendo de ella, delimitando un cuadrado desde el que partían todas las calles, paralelas y perpendiculares unas de otras, para formar una cuadrícula. Así sucedía en cientos de ciudades en todas las regiones del continente americano bajo influencia española y sobre ese entramado se iban levantando las casas, siendo la plaza, a la vez, el centro geométrico y el centro simbólico de la ciudad misma. Se construyeron alrededor de ese gran espacio vacío, en cada uno de sus lados, los edificios más relevantes: la iglesia parroquial, representando el poder de la religión y las casas consistoriales que representaban el poder de los municipios, que en la América española tenían mucha influencia.

Guzmán le contaba a Esteban que, en las ciudades más importantes, la iglesia se convertía en catedral y que, también en la plaza, se levantaban casas reales, sede de audiencias y capitanías, de tesorerías y fábricas de moneda o de cárceles y cuarteles para la milicia. Luego le decía a un boquiabierto Esteban, que no dejaba de asombrase de los saberes de Guzmán, que el estatus y la preeminencia social se medía por la proximidad a esta plaza mayor, mientras más cerca vivías de ella más importante eras. Por eso todo el mundo acudía a la plaza, porque allí era donde se concentraba la vida de la ciudad. Allí llegaban los que vivían en los altaneros barrios de casas de grandes portones y muchos patios y los que malvivían en los populares barrios de la periferia, con sus chozas de caña y barro cubiertas de palmas.

Y llegaban de las calles y plazas del centro, ordenadas y rectas, o de esas otras del borde en las que el trazado de la cuadrícula urbana ya casi se ha perdido. Y acudían a ese encuentro de personas de toda condición, para comprar y vender, mirar y reconocerse unos a otros, acordar alguna cita o pasear con aparente despreocupación, charlar de esto o aquello, criticar al gobierno y a la iglesia, comentar lo último acontecido, cerrar tratos o negocios, contratar servicios o pagar deudas, en un mar de relaciones interpersonales de las que la plaza, ese espacio único y singular de la ciudad, es testigo. La plaza se convertía, de esta manera, en el espectáculo del mercado, de la procesión de los santos, de la parada militar o de la fiesta, porque en América la plaza es el rostro de la ciudad.

Y así, cuando estaban en estas disquisiciones, les llegó el murmullo de la música, que se acercaba por la calle Palenque, al lado de la catedral. La gente se agolpaba para recibir a una comitiva de sones y bailes que, engalanada, iba llenando la plaza con cantos y ritmos porque se celebraba la fiesta de San Nicolás, patrón de la ciudad. Grupos de jóvenes con trajes de colores, tejidos con lanas y bordados de seda; ellas con las flores de cayenas escarlatas en el pelo y mantones negros sobre faldas multicolores; ellos con sombreros jipijapas, pañuelos rojos anudados en el cuello y camisas blancas, danzaban paseando la calle y agrupándose frente a las escaleras de la catedral en una especie de procesión improvisada. Acudía todo el mundo para verlos, acabándose la tranquilidad de la tarde, que se vio inundada de unos y otros grupos, que ocupando ya casi toda la plaza, algunos en la calle y otros bajo los soportales, competían para demostrar cual era el mejor de sus bailes, el más acompasado, y cuál de sus canciones tenía el ritmo más alegre y armonioso. Muchos les contemplaban desde ventanales y corredores, mientras otros lo hacían desde la calle, para disfrutar del espectáculo, para mirar y escuchar, o para participar acompañándoles en sus bailes y en sus canciones convirtiendo la plaza en una fiesta.

Con la cabeza llena de lo que le había contado ese tal Guzmán y del espectáculo de los grupos que cantaban y bailaban en esa misma plaza unos días antes, Esteban estaba inquieto por enseñar, lo antes posible, su mercancía en el puesto que su compadre custodiaba. Desplegó, por fin, sus jaulas en el tenderete quitando las lonas que las cubrían. Aparecieron entonces, como por arte de magia, los guacamayos, que parecieron despertar de su letargo moviendo sus picos curvos y afilados; las cotorras, que empezaron a soltar sus gritos roncos; los papagayos, que desplegaban sus alas verdiazules hinchando su cuello rojo; los periquitos, que saltaban atropelladamente de un lado a otro y las cacatúas, que hacían oscilar las plumas eréctiles de su cabeza como queriendo mostrar su dominio. La mercancía estaba servida a la vista de todos y la plaza se llenó de nuevos ruidos y colores.

Javier Aguilera Rojas, Arquitecto del Ayuntamiento de Madrid